El rigor de la pintura: Abraham Jiménez

La realidad se hace cuadro, entonces dudamos. Abraham Jiménez (Ciudad de México, 1977) cuestiona la verdad de la imagen haciéndola tronar. Es su obsesión por los detalles lo que lo convierte en hacedor de vidas, pero son sus lienzos los que van más allá de ellas y podemos sólo conocer nuestra existencia porque la pintura grita; nos señala a través de su imposibilidad. Abraham Jiménez ruge y chilla tramas; pliega, gira, estría representaciones; acribilla colores: se burla de nosotros a través de esas imágenes inverosímiles, casi esperpénticas, que pinta. Alquimista de lo inaprehensible ridiculiza el espacio y el tiempo porque puede; sus series que recuerdan historietas —El Borrego, El Héroe, El Postre— lo corroboran.

En Abraham Jiménez visitamos la contradicción. ¿Es su pintura fotorrealista? ¿Es hiperrealista? ¿Cuál es esa realidad que intenta aprehender? Sus cuadros transgreden el orden, cuestionan los valores: traspasan, puñales y coquetean con la fantasía que quiere ser real. AJ hace uso de su técnica para deformar la existencia: le arrebata vida a la imagen y la coloca en la ficción de sus lienzos, y nosotros acudimos a ese mundo fabuloso como invitados del artista. Sin embargo, su imaginario y pinceladas obsesivas permanecen efímeras. En su trabajo niega lo que representa porque lo supera, pero es ella misma, la imposibilidad de lo irreal, en el territorio de la conciencia la que desvanece y restituye todo a su sitio: la realidad vuelve a existir. ¿Qué es entonces realidad y qué es pintura? Nosotros podemos opinar, pronunciar juicios y fallar; pero la verdad es que al artista no le importa, hace de la pintura su mundo y nuestras palabras adornan y aderezan, giran alrededor de sus cuadros, formas y colores, pero sin tocar nada, porque si Jiménez pudiera traducir sus imágenes en palabras entonces no pintaría y escribiría aforismos; “cada medio tiene una utilización idónea”, escribió Kandinsky. La pintura de Jiménez sólo puede comunicarnos abstracción que nosotros tenemos que enmudecer, aunque conmovidos y fascinados, porque no hay palabras: el lenguaje es la pintura.

Por tanto su pintura es también abstracta. Abstrae y deforma la realidad, los referentes. Por ejemplo, en su serie El borrego, Jiménez celebra a Caravaggio, pero es una presencia tan lejana que, aunque el cuadro reclama su condición de homenaje, puede el nombre del gigante italiano incluso transitar invisible. Pero el artista no oculta nada, al contrario, nos lo recuerda con honestidad; entonces la “imitación” se engrandece y se convierte en una apología que exalta al cuadro y al pintor. A pesar de esto, AJ se aparta de inmediato y entrega los reflectores a la Pintura, porque como devoto y fanático de ella no puede sino enaltecerla en todo momento: entregarle sus éxitos porque a ella le debe todo.

 

Las pinturas de Jiménez son imposibles de digerir porque están más allá del ojo humano y más allá de la imaginación. Nos ofrece a través de ellas posibilidades infinitas y nosotros miramos los cuadros dentro del cuadro. Sólo así es posible aspirar a la asimilación. Abraham Jiménez no pinta la realidad, la hace aparecer. Lo que el camino cruza desatendido AJ lo acentúa de tal manera que puede ser, a partir de ese momento, nunca desdeñado: lo aparentemente nimio que enmudece brama en los cuadros y se hace eterno con ellos. Por ese motivo la iluminación en AJ toma un papel crucial, porque si quiere hacer aparecer la imagen —aquella que ignoramos— no puede sólo pintarla, sino que, para hacer completa la revelación, tiene que trasvasar el universo de la luz a sus cuadros. Basta mirar La feria para darnos cuenta de que el tema de la luz en AJ es infinito. Podemos ver eternamente sus lienzos y es por eso que la pintura de Jiménez no es de museo: reclama horas de escrutinio que los espacios de un museo niegan. La pintura de Jiménez es de contemplación y entrega, porque si bien no es espiritual, la técnica y la dedicación sí lo son y demandan una entrega ascética de quien mira. Pero entonces la realidad se le sale de las manos y se rebasa, sus cuadros quedan fuera de ella porque, apartados, se pronuncian independientes: ¿decisión o bestia indomesticable? Abraham Jiménez no crea realidades, las sobrepasa, y las palabras de Cardoza y Aragón resuenan triunfantes.

Isaac Magaña Gcantón

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